El lado correcto de la historia y sus dos extremos

Supongamos que el extremismo tiene razón, y no hay nada de qué hablar entre el gobierno de Nicolás Maduro o el régimen, como algunos gustan llamar a quienes despachan desde los símbolos del poder, y la oposición “golpista, apátrida” como la bautizan sus detractores en el oficialismo.

Supongamos, e incluso admitamos, que ir a conversar con el “régimen” no sólo es una demostración de ingenuidad sino un acto de corrupción política y de imperdonable “colaboracionismo”. Supongamos también, ubicándonos en el pensar de la acera roja rojita, que no debe haber ninguna concesión a la oposición. Ninguna, como lo dice el hombre del mazo, porque eso sería poner en peligro “el proceso”.

Tomemos como una verdad del tamaño de un templo que todos los que se atraviesan entre los dos ” lados correctos de la historia” solo sirven al propósito de frenar, postergar, impedir o al menos dificultar lo que ya es inevitable, una confrontación en la cual no puede haber términos medios, “guabinas” ni moderados que arruinen el derrame de adrenalina que implicaría la tan esperada llegada de la hora de la chiquitica.

Aceptar como buena la idea de dar rienda suelta a quienes tienen un cortocircuito entre los testículos (o los ovarios) y el cerebro implicaría la renuncia a muchas cosas. Según los promotores del choque de trenes sólo hay que renunciar al miedo e ir al combate.

Lo demás es épica, triunfo total y adversario aniquilado o en fuga. Sobre todo si los muertos los ponen otros, bien sea del bando opuesto o de aliados externos que atiendan al llamado de intervenir militarmente, en cualquiera de sus modalidades, hecho por quienes son partidarios de “acabar esto a plomo limpio”, aunque se encuentren a buen resguardo, a miles de kilómetros de distancia, cómodamente instalados frente a sus valientes teclados, o aquí pero protegidos por una extraña impunidad.

Estos “kamikazes” tienen su equivalente en el chavismo gobernante que no sabe de debate político sino de órdenes operativas, represión salvaje, obediencia y lealtad perrunas y otros “valores” en los cuales pasta el autoritarismo “de izquierda”.

Unos y otros hablan el mismo lenguaje y por eso se entienden. Ambos quieren aniquilar al adversario y desechan la idea de un proyecto de nación en el cualtodos puedan caber.

Fíjense que coinciden en dos puntos: el primero, la crítica despiadada al Informe de Michelle Bachelet, Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, sobre la
situación venezolana. Y el segundo, son alérgicos a la negociación, al diálogo, a la búsqueda de acuerdos o entendimientos sobre cómo superar el drama venezolano de hoy.

A los efectos concretos, las posturas de ambos terminan derivando en lo mismo: en la imposibilidad de un cambio para mejor, para reconstruir al país sobre la base de una democracia al menos como la que está dibujada en la vituperada, violada y casi olvidada Carta Magna de 1999.

Esos que desde el gobierno hablan de que la oposición no llegará al poder ni por las malas ni por las buenas encajan perfectamente en el discurso que desde el otro extremo pregona que la solución tiene que ser “de fuerza”.

Ambos terminan siendo colaboracionistas del caos, de la ingobernabilidad, de la violencia, de la inestabilidad eterna, porque si se impone cualquiera de las dos fórmulas estaremos condenamos al conflicto, a la ausencia de instituciones, a la arbitrariedad como forma principal de la política, y a que las esperanzas de un futuro mejor descansen en el uso de las armas, en la destrucción del otro, es decir en una ilusión que terminará inevitablemente en mayor dolor, desesperanza, frustración, miedo, más pobreza, incluso peor de la que ya estamos viendo, y deseo de venganza.

Todavía hay sociedades que viven en carne propia escenarios de guerra civil, de intolerancia racial, social y están lejos de encontrar una ruta hacia la  paz con justicia. 

No estamos bien, estamos muy mal como país. Pero siempre puede ser peor, si miramos al mundo. No lo digo como consuelo de tontos sino como advertencia para los que basan sus promesas en soluciones de fuerza, no importa  en cual de los “lados correctos de la historia” se ubican.

Mantenerse por la fuerza en el poder, impedir,  torpedear o burlar cualquier posibilidad de salida democrática, pacífica, constitucional y electoral es una cara de la moneda que no nos sirve porque nos devalúa como país y como seres humanos.

La otra cara es la que representa la apuesta a soluciones de fuerza. Ambas nos conducen al lado sangriento de la historia. Y ya sabemos quién paga la cuenta en ese lugar.

Apostar a una solución negociada es ir en la dirección de impulsar el cambio que el país reclama, en medio de estabilidad, de garantías para las partes que están sentadas en la mesa, tanto las que detentan el poder como las que aspiran a detentarlo.

Es ponerse en sintonía con la aspiración mayoritaria de los venezolanos, harta del actual estado de cosas, y deseosa de un nuevo amanecer, con democracia, con instituciones autónomas, sin impunidad pero sin venganza, con autoridad pero sin arbitrariedad, donde se haga cumplir la voluntad de la mayoría y se respeten los derechos y garantías de las minorías.

La peor traición que puede haber hoy no es a un jefe o a un caudillo, del lado que sea, sino al deseo y a las urgencias de la población.

Vladimir Villegas

Tiempos de Cambio

14 de Julio de 2019