Guaidó, el deseo y la realidad

La política se mide por hechos y por resultados, más que por
deseos y consignas. No basta querer el deber ser. Es necesario que
ello vaya acompañado de las condiciones para hacerlo realidad. Dicho
en lenguaje sencillo y criollo, deseos no “empreñan”.
 

El inmediatismo marca la acción  de factores políticos dados al
extremismo, a la búsqueda de soluciones, salidas o propuestas por la
vía rápida, o como se dice en el boxeo, por la vía del nocaut.

Ese inmediatismo se ha traducido, vaya paradoja, en decisiones que han
llevado al fracaso en más de una ocasión a las fuerzas opositoras que
pugnan por cambios democráticos en la sociedad venezolana.

El “vete ya” como consigna y como acción  solo ha producido frustración en
amplios sectores de la población, que ya no sólo  están descontentos
con un gobierno además de autoritario  incapaz de producir, aunque
sea, una solución positiva a cualquiera de los graves problemas
nacionales, sino que también mira con escepticismo y decepción a las
fuerzas que se le oponen.

El gobierno se ha valido del abuso de poder, de la represión y
del manejo clientelar de la necesidad de los sectores populares para
provocar la desmovilización de la población descontenta. Pero también
a ello ha contribuido una errática conducción opositora.

El oficialismo dinamitó la ruta electoral, pero a la vez factores
opositores prestaron la caja de fósforos al hacer de la abstención un
dogma, al ahorrarle al PSUV y sus aliados la tarea de torcer la
voluntad de los electores, y al empujar o convalidar  en distintas
coyunturas,  la violencia, que al final terminó siendo justificación
para alimentar y desatar  la ya peligrosa vocación represiva del
gobierno.
 

A partir de la juramentación de Nicolás Maduro ante el Tribunal
Supremo de Justicia, la cual tuvo lugar el pasado 10 de enero, tomó
cuerpo la idea de que según particulares interpretaciones de la Carta
Magna , El diputado Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional,
automáticamente quedaría a cargo de la Primera Magistratura, dada la
alegada ilegitimidad de origen de quien hoy sigue ocupando la silla de
Miraflores. 

Entre las más disímiles interpretaciones del texto constitucional  fue quedando de lado la realidad concreta. Una cosa son los deseos y otra la realidad. Una cosa son los ejercicios jurídicos y otra la política pura  y dura, que se mide por hechos y resultados, como ya dijimos.
 

Lo cierto es que ilegítimo o no, Maduro sigue al frente del “coroto”, y para cambiar esa realidad y hacerla coincidir con los criterios de quienes aseguran que Guaidó es el presidente interino de Venezuela hace falta la sumatoria de un conjunto de factores de poder que, al menos hasta señas concretas en contrario, están bajo el control del gobierno, entre ellos nada más y nada menos que las Fuerzas Armadas.
 

Hoy Juan Guaidó  es la referencia de un buen sector de la población que quiere cambio ya. Está en su momento político. Pero corre grandes riesgos. Uno, que se repita el escenario del pasado domingo cuando fue detenido, pero sin el final feliz de su inmediata liberación.

Otro, que termine siendo rehén del extremismo, el cual con tan solo mover dedos de teclados desde la comodidad del exterior o hacer uso de su poder económico y comunicacional se convierte en un poder tan autoritario y antidemocrático como el que hoy rige los destinos de Venezuela.

Y otro riesgo es que termine desgastado al no lograr  cumplir con las expectativas que se generan cuando se confunden las ilusiones con la realidad.

El camino entonces no es la quietud sino el realismo político,
el asumir sin complejos que se debe forzar la barra y crear condiciones para una negociación política que conduzca a soluciones democráticas, pacíficas, constitucionales y electorales.

Una ruta compleja, difícil, intrincada, y quizás más lenta, pero al final la
más conveniente y generadora de estabilidad política, requisito de
primer orden para la reconstrucción económica e institucional del
país.

Vladimir Villegas

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