¿Renuncia o invasión?

Parece ser o, mejor dicho, es, uno de los más fuertes dilemas que tiene enfrente Nicolás Maduro en los días más duros de su gestión.

Pero también son los días más duros para el pueblo venezolano, agotado, desesperado, empobrecido y hastiado de una forma de gobernar caracterizada por la soberbia, la arbitrariedad, la ineficacia, la corrupción y la ausencia de respeto por el libre juego democrático, así como por la disidencia, la critica y el reclamo popular.

El descontento le tomó la calle al gobierno de Maduro, que hoy tiene ante sí el equivalente a cinco 11 de abril de 2002.

Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, autojuramentado como Presidente encargado de la República el pasado 23 de Enero, es hoy el líder de la oposición, y se ha convertido en la referencia de millones de venezolanos que quieren cambio, que ya creen que llegó la hora de que Maduro renuncie a la Presidencia de la República.

A eso se le suma la presión internacional, esa abrazadera que puede terminar por asfixiar a la ya maltrecha economía del país y del venezolano.

Muchos subestimamos la fuerza y el impacto que tendría en las calles la juramentación de Maduro para su segundo mandato presidencial. Lo que vimos el 23 de enero y lo que vimos este fin de semana no se puede tapar como el sol con un dedo. El gobierno cuenta con un poder de convocatoria menguado.

Mientas se hizo un acto nacional del oficialismo en la Avenida Bolívar, las calles de distintas ciudades del país se abarrotaron de ciudadanos sedientos de cambio, movilizados por la necesidad de hacer algo para que el país tome un rumbo diferente.

El descontento con Maduro no tiene un solo color. Transversaliza a la sociedad, a la civil y a la militar, a la rural y a la urbana, a los sectores pudientes y al trabajador o al desempleado que pasa las de Caín para sobrevivir, para no morir de mengua, por falta de medicinas o comida.

¿El Presidente no lo ve? ¿Lo engaña su entorno o se auto engaña? Eso no sería importante si de su decisión no dependiera en gran medida la suerte del país.

No quiero una intervención extranjera en mi país bajo ninguna forma. No quiero que en otras capitales del mundo se decida nuestro destino, sea La Habana, Washington o París. No quiero ver caer bombas o desembarcos de tropas extranjeras, del país que sea.

No quiero muerte ni destrucción. Ya ha sido muy duro el saldo en ambas
categorías. Pero tampoco quiero que el país siga palo abajo por el
barranco en el cual estamos rodando desde hace ya mucho tiempo. 

Aquí tendría que prosperar una salida nacida de la negociación. Una salida pacífica, democrática, constitucional y electoral. En eso muchos hemos creído e insistido constantemente. Pero hoy, soy pesimista al respecto.

Lamentablemente, el espacio para una solución pacífica y acordada se reduce drásticamente. Domina la cancha un esquema en el cual se puede terminar imponiendo una alternativa de fuerza.

Hemos llegado a este punto porque se ha gobernado al margen de la constitución, y podemos llegar a otro punto en el cual la constitución tampoco tenga vela en el entierro.

Nos esperan horas y días difíciles. Venezuela está en vísperas de un parto hacia una nuevo situación. Vienen definiciones en esta hora crítica.

Esa marejada humana que ha salido a la calle a exigir cambio tendría que ser escuchada, reconocida y también respetada por un gobierno que se precie de estar movido por la defensa del interés nacional.

A esa multitud hay que ofrecerle soluciones creíbles y viables. Negativo para el interés general de los venezolanos que todo siga como está y negativo también que la fuerza, y no la razón, tome la palabra.

El gobierno ha menospreciado la opción de la negociación en serio, ha jugado con ella y ha servido en bandeja de plata las condiciones para que sus adversarios más duros y frontales en la acera opositora se acerquen cada vez más al poder.

Maduro ha construido una trampa en la cual está a punto de caer a menos que acceda a una negociación de último momento, en la cual preserve su partido, su entorno y sobre todo le ahorre a Venezuela el terror y el dolor de una guerra, de una confrontación y hasta de una intervención que nos puede hundir en el horror quién sabe por cuanto tiempo.

Esto que escribo es el resultado de mis reflexiones en solitario.

A quienes desde el gobierno subestiman el peligro y las consecuencias de una solución violenta, y solo se refieren a ella como un supuesto negado, y a quienes desde la oposicIón la desean y la estimulan sólo les pido que cierren los ojos y piensen en lo peor, una Venezuela ensangrentada, sin paz ni pan ni sosiego, una película de la que apenas hemos visto los tráilers.

Tiempos de Cambio

Por Vladimir Villegas