Venezuela: ¿entre la negociación y la violencia?


Que el caso Venezuela se haya debatido en una extensa sesión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ratifica la gravedad de la crisis política por la cual estamos atravesando, y lo peor de todo es que no se ven perspectivas de una solución nacida de fórmulas que eviten un escenario de confrontación, violencia, muerte y represión como el que ya estamos repitiendo y que fácilmente puede profundizarse con el transcurrir de las horas y días.

Pude ver detenidamente buena parte de las intervenciones en esa reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y más allá de las posiciones de países que desconocen a Nicolás Maduro como jefe de Estado, y de aquellos que lo respaldan, el mayor punto de consenso o coincidencia en buena parte de la intervenciones fue el llamado a generar escenarios de diálogo y negociación que permitan hallar soluciones.

Esas son las vías que forman parte de la cotidianidad del sistema de Naciones Unidas. Diálogo, negociación y acuerdos.

Durante su intervención,  el embajador de República Dominicana, quien de paso ejercía la presidencia de la sesión, hizo referencia al accidentado y frustrado proceso de diálogo que tuvo lugar en su país.

Dijo que el gobierno de Nicolás Maduro mostró una posición inflexible y que la oposición estaba sumida en sus diferencias y divisiones, lo cual devino en el fracaso de esa iniciativa. Dos grandes verdades que nos ha traído hasta este momento en el cual toma cuerpo la idea de que ya nada es negociable y ni vale la pena intentarlo.

Ya circulan versiones según las cuales la inmensa mayoría de los venezolanos respaldaría una acción militar extranjera para sacar a Nicolás Maduro del poder.

Más allá de la rigurosidad o no de esos señalamientos  está la realidad pura y dura. La violencia no es una puerta de salida sino de entrada a una nueva dimensión del conflicto, la dimensión de la fuerza, que puede hacer multiplicar por miles y miles la pérdida de vidas y hundirnos en un caos inimaginable.

El gobierno de Maduro es responsable de cerrar las vías para un diálogo y una negociación confiable, de aplicar una política económica que se ha traducido en una verdadera tragedia nacional, y de paso de apretar las tuercas para trancar el juego político e institucional del país.

Y por si fuera poco no termina de leer adecuadamente las señales de descontento y el reclamo de cambio que han tomado las calles de Venezuela. Y en gran medida en sus manos está posibilidad de evitarle al país y sobre todo a su gente los escenarios catastróficos que se asoman.

No se puede seguir proclamando voluntad de diálogo sin dar muestras reales y sin estar dispuestos a entrar en una negociación en la cual hay que dar y recibir, perder y ganar, y en definitiva un ganar-ganar para nuestra aporreada Venezuela.

Es hora de dar pasos en la dirección de evitarnos el infierno de la violencia generalizada, de la guerra, de una escalada de confrontación, odio y venganza que nos lleve a pagar un costo mucho mayor de lo que ya hemos pagado en muertes, diáspora, empobrecimiento, división, exclusión, represión, quiebre de la economía y derrumbe de la calidad de vida.

También el liderazgo opositor, hoy prácticamente concentrado en Juan Guaidó, tiene  una gran responsabilidad en contribuir a evitar que nos quedemos atrapados  en un escenario de conflicto sin otrasolución que la fuerza.

Por ello tienen total pertinencia los llamados del Papa Francisco y del secretario general de la Organización de Naciones Unidas para que hallemos una solución nacida de una proceso de diálogo y negociación.

Una ruta democrática, pacífica y constitucional que nos lleve al rescate de la ruta electoral como forma de dirimir las diferencias  políticas en la sociedad.

Esto seguramente sonará como una postura ilusa, alejada de la realidad, pero lo último  que podemos es renunciar a esa posibilidad, porque hay suficientes elementos históricos que nos muestran cómo siempre puede ser peor cuando se abre la puerta a la violencia.

La guerra convierte a víctimas en victimarios y viceversa. Alentar invasiones, dar rienda suelta a la venganza, a los deseos de eliminar al que piensa distinto y a tomar justicia por cuenta propia es encender una mecha que puede terminar quemando incluso al que la encienda.

Toda esa polémica y todos esos dimes y diretes que se tejieron alrededor del anunciado, desmentido y luego medianamente admitido encuentro entre Diosdado Cabello y Juan Guaidò no habrían ocurrido si viviéramos en una sociedad donde el diálogo es parte de la cotidianidad política y ciudadana.

Pero no. Aquí se ha criminalizado lo que en todo el mundo es no solo normal sino obligatorio, necesario, conveniente y positivo.

Sentarse a conversar no tiene por qué ser pecaminoso o un acto de traición. Todo lo contrario, pecado es cerrarle el paso al diálogo y a la negociación, y negarle el derecho que tiene el pueblo venezolano a lograr el cambio en paz.

Eso lo descubrió el pueblo salvadoreño después de enterrar a más de 150 mil hijos en una guerra que finalmente concluyó en la negociación entre las partes en conflicto. Toma nota Nicolás, toma nota Guaidó.

Tiempos de Cambio

Vladimir Villegas